Fantasma del ayer (Relato)

“No tengo ni idea de cómo apareció, pero hace semanas que no consigo librarme de él ni un segundo. Me sigue a todas partes, me resulta imposible despegarme de él. Si por lo menos respetase mi espacio y mi privacidad, sería un poco menos complicado convivir con él, pero ni en la ducha me deja en paz. Con eso de que es incorpóreo y solo está en mi mente se ha tomado unas confianzas excesivas. Es un fantasma, pero no de los que asustan, sino de los que resultan insoportables y desesperantes.

—¿Esa mierdas vas a comer? Eso no es comida de verdad. Luego te quejas si te sale panza y te crece el culo. Si es que no haces ejercicio, puto gordo.

Además de acosarme, me insulta. Y lo peor de todo no es eso, sino que la imagen de este fantasma es la de un amigo del pasado. Bueno, un amigo… Un chico especial. Quiero decir que fue especial en su momento, no ahora. Ahora no es más que otro más a quien saludar si le veo por la calle, lo que casi nunca ha sucedido desde que cortamos.

A él no, pero a su reflejo sí que le veía. A su fantasma, mejor dicho. Unas veces de casa al trabajo, otras al cruzar un parque… Ahí estaba su rostro, su pelo, su cuerpo completo. Su imagen se ocultaba entre la multitud y yo lograba dar con ella, aunque solo durante unos microsegundos. Después me sentía avergonzado, al darme cuenta de que estaba mirando a un desconocido por la calle. Menos mal que las gafas de sol tapan los ojos, que si no se pensarían que soy un pervertido o algo peor.

Al principio, tras la ruptura, no le di tanta importancia, porque seguíamos siendo amigos, o eso decíamos. Seguíamos viéndonos y no había pasado nada entre nosotros, más que unos estúpidos besos, un par de caricias perdidas y una conversación mágica. Tan mágica que me hechizó. Me dejé influir por su embrujo y acabé sumido en una maldición de la que no logro librarme. Ahora su fantasma es mi sombra.

Pasé de verle reflejado en rostros ajenos a recordarle a cada momento. Se suponía que poco a poco iría olvidándole y superaría lo nuestro. Eso si es que había habido algo, porque aún no estaba claro. En cualquier caso, yo no podía dejar de pensar en él. Me obsesioné tanto que además de verle, empecé a escuchar su voz. Me hablaba, se reía de mí, me insultaba y me decía todas esas cosas que yo ya sabía, pero no quería oír.

Y, para cuando me había dado cuenta, el fantasma se había mudado a mi piso de forma permanente.
Ahora no tengo más remedio que apechugar, mientras busco la forma de salir de este bache, convencerle de que se vaya o intentar librarme de él de algún otro modo. Y no, llamar a los Cazafantasmas no es una opción viable. Antes pediría cita para ir al loquero, y no estoy dispuesto a pagarle a alguien para que me escuche. Si quiero lamentarme de algo lo haré en Twitter, como la gente normal.

—Eres un cabrón —me dice aquel cabrón irreal.

—¡Habló quien pudo! —le recrimino, alzando la voz, ignorando si las paredes de corcho de mi apartamento evitan que el vecino me oiga discutir conmigo mismo—. No hablemos de quién es aquí el cabrón, porque tú te llevas el primer premio.

—Pero si estás escribiendo sobre mí otra vez. Quedamos en que no le diríamos nada a nadie y mantendríamos el secreto, y tú lo estás fastidiando.

—No detallo nombres, el de la historia podría ser cualquiera —soy consciente de que mi excusa es muy lamentable, pero me da igual. De todas formas, en esto decido yo, no el fantasma.

—¿Crees que yo pienso en ti tanto como tú en mí? —golpe bajo por su parte, pero es algo que me pregunto a diario, estoy acostumbrado a escuchar esa pregunta, tanto cuando sale de su boca como cuando suena en mi mente.

—Creo que no importa. Me da igual en lo que pienses, o piense, o lo que sea. Por mí como si se pasa el día viciado a ese estúpido juego online.

—¿Te apetece jugar una partida? Quizás me pilles conectado —intenta tentarme con su tono de voz, pero lejos de conseguirlo me produce cierto rechazo. No quiero jugar con él, y menos si eso me obliga a mantener una conversación por llamada a la vez, como solíamos hacer.
Recupero el bolígrafo y escribo. Estoy cansado de estas libretas de cuadros, son un asco y luego me toca escribirlo de nuevo en el ordenador.

Cambio el papel y el bolígrafo por una pantalla y un teclado externo. Vamos allá… ¿Por dónde iba?

—Baff —resopla mirando por encima de mi hombro para leer mi relato—. ¿De verdad vas a copiar la metáfora de una canción para hablar de tus sentimientos? Qué bajo has caído, macho.

—¡Déjame en paz! Solo es una referencia, además, no lo voy a publicar, solo quiero entretenerme y practicar un poco.

—Eso no te lo crees ni tú. Siempre dices lo mismo y luego… Por suerte no lo lee nadie.

Es un maldito incordio capaz de destruir la poca seguridad en mí mismo que me queda, si es que me queda algo, porque empiezo a pensar que no.

—¿Cuánto tiempo piensas quedarte? ¿Cuándo voy a poder librarme de ti? —le pregunto con rabia arrugando la hoja de papel.

—Quién sabe… Dímelo tú, ¿cuándo podrás olvidar lo nuestro?

—Eso quisiera saber.”

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