Me duran más los calzoncillos que las sartenes. Una historia real

No quisiera ser escatológico, pero tengo que hablar de lo que le pasa a mis huevos. Hace tiempo que no puedo comer una tortilla en condiciones ni freír un huevo como Dios manda. Sé que se sale de la tónica habitual de los temas que trato en este blog, pero es un tema importante. Podemos hablar de escritura y de libros, pero no con el estómago vacío. Permitidme contaros a continuación la historia verídica de las cuatro sartenes con las que obraba milagros, pero ahora solo destrozo huevos.

Primera sartén: una, grande y útil

Lo tenía todo. Era la envidia de todas las sartenes y todos los útiles de mi cocina. Un mango duro, una base precisa y toda su capa antiadherente necesaria para que no se peguen los alimentos. Hacía tortillas y huevos fritos casi sin aceite. Podía estar tranquilo, porque nada se pegaba en ella. Resumiré lo que pasó para evitar llorar al recordar aquella sartén divina. Un día volví a casa y me dieron la mala noticia: «Se le ha caído el mango.» Sigo cocinando con ella, pero sin mango. Mi sartén ya no es lo que era.

Segunda sartén: la pequeña y funcional

Para huevos estaba bien, para tortillas pequeñas era ideal. Combinada con la anterior, teníamos un equipo insuperable. Al tener que absorber todo el trabajo que su compañera ya no podía realizar, sufrió el desgaste y nos abandonó. Adiós a la capa antiadherente. No hace huevos fritos, hace huevos revueltos. Un desastre.

Tercera sartén: el apaño milagroso

Mi abuela nos dejó una sartén para que pudiéramos apañarnos. No he visto cosa igual. Gris, inmensa y con la base irregular. Incapaz de mantenerse sobre los fogones o sobre cualquier superficie plana. Aún no la hemos usado, es imposible.

Cuarta sartén: el patito feo

Sigue como el primer día, porque evitábamos usarla. Ni buena ni mala, indiferente. Demasiado grande para unas cosas y pequeña para otras. Los huevos se pegan, pero menos que en las otras. Es el patito feo de la cocina, que nadie la quería y ahora tampoco, pero bueno. Peor sería cocinar en la tostadora las tortillas ¿sabes? Y lo curioso es que me han durado más los calzoncillos del mercado que compré hace cuatro años que los utensilios de cocina.

Estamos dejando de comer fritos, abandonando los platos con carne y olvidando los san jacobos. No es por ser vegetarianos, al menos no en mi caso, es por evitar usar el patito feo de las sartenes. La sin mango no está tan mal, pero es incómoda. No sé si me recomendaríais comprar una sartén nueva o pedirla prestada a un vecino y no devolvérsela. Tal y como diría Marge Simpson: «en momentos como este, solo se puede reír.»

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